jueves, 12 de enero de 2017

momentos dificiles en la carrera

momentos dificiles en la carrera

La noche en que una errante cubana estrelló su altiva voz contra la hibridez consentida de compatriotas suyos salidos estrepitosamente de la isla y norteamericanos que pretendían graduarse de guaracheros, el Madison Square Garden testificó el ingreso a la tierra del rock de la cantante tropical más grande de la historia y de su ritmo candente arrancado al alma y los tambores africanos y fundido en los cañales de Cuba y las bananeras del resto del Caribe.
Celia Cruz arraigó entonces definitivamente en Nueva York, después de permanecer más de dos años y medio en México, a donde llegó a mediados del 60 para no compartir el nuevo destino de su patria. Esa negra de boca infinita que colmaba las noches espectaculares del Bambú y el Tropicana Trópico (“¡el Trópico para ustedes, queridos compatriotas e ilustres vecinos que nos visitan, el Trópico en Tropicana!”) que derramó en todos los rincones de Cuba la cascada transparente de su garganta y anegó a Suramérica en canciones que el tiempo no derrota, emprendió en aquel momento otro tramo de su camino cantando bajo los rascacielos. Llevaba a sus espaldas tres décadas luminosas sobre las que todavía no se posa el polvo: Radio Progreso, La Sonora Matancera y un continente estremecido cada vez que ella echaba a volar su voz, incubada en el vientre milenario de la rebeldía negra. Abrió, pues, hace tres lustros, su período norteamericano, con la orquesta del maestro Tito Puente, pero erró los tiros.
Salvando “Acuario” y “Dile que por mi no temas”, esos ocho años ocho y long-plays dejaron mucho humo. Herida en su dignidad profesional, se rebeló contra la orquesta, que era excelente pero no de su estilo. “No se trata de que una cantante acompañe a la orquesta, es la orquesta la que tiene que acompañar a la cantante” pensó un día y le soltó al empresario este golpe: “quiero que rescindamos el contrato”, y se fue. Celia Cruz seguía siendo, sin embargo, una mina de oro para cualquier casa de discos. Sin dejarla respirar, le cayó “Fania” con un contrato que la puso a grabar con Johny Pacheco y Willy Colon, garantizándole un tono entre antillano y norteamericano que “pega” en ambos frentes: con los cuatro extensos que han grabado, tanto los rubios como los latinos bailan ahora la misma rumba. Un tipo de rumba que ha instalado en las partituras de orquestas de este país y que está destinada a producir miles de millones de dólares bajo el prosaico y gastronómico apodo de salsa con el cual sepultaron el mambo, el guaguancó y el montuno y la bamba.

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